sábado, 22 de marzo de 2008

Los Solidarios

“Nuestro grupo anarquista se formó el año 1923 en circunstancias muy aciagas para nuestro movimiento, muy tristes para toda la clase trabajadora. Dueños casi de la ciudad eran las bandas de pistoleros del Sindicato Libre que patrocinaba la patronal. Las hordas policíacas coadyuvaban a la obra de destrucción de nuestras organizaciones y de nuestros hombres. Había caído el coloso del anarcosindicalismo: Salvador Seguí. Habían caído viejos militantes, primeros hombres de nuestro movimiento tan espléndido de hoy. Cuando comprendimos nosotros que probablemente pudiera llegar el momento de que fuésemos absolutamente vencidos, nos unimos en aquel momento lo que no tengo vergüenza en decir, lo que tengo orgullo en confesar: ¡los reyes de la pistola obrera de Barcelona! Pero hicimos una selección: los mejores terroristas de la clase trabajadora, los que mejor podían devolver golpe por golpe. Nos unimos y formamos un grupo, anarquista, un grupo de acción, para luchar contra los pistoleros, contra la patronal y contra el gobierno. Conseguimos nuestro objetivo, les vencimos.”

Juan García Oliver
1er aniversario de la muerte de Durruti, Barcelona, 1937

Héroes del pueblo y defensores de la clase obrera para unos, villanos miserables y feroces terroristas para otros, el grupo Los Solidarios, del que formaron parte los tres mosqueteros del anarquismo ibérico –Durruti, Ascaso y García Oliver–, tuvo una vida corta pero intensa. Nació para combatir la violencia conjunta del gobierno y la patronal, que con sus bandas de matones habían conseguido, allá por los años 20 del pasado siglo, sumir a los trabajadores en un estado de terror permanente. Detenciones, asesinatos, aplicación habitual de la denominada ley de fugas o del tiro por la espalda… la represión contra los obreros era brutal y descarnizada.

Los Solidarios reunió a lo más granado del proletariado catalán militante, a los mejores activistas de la clase trabajadora, para devolver golpe por golpe al binomio Estado-Capital. Asaltaron bancos, compraron, fabricaron y distribuyeron armas, combatieron a policías y a pistoleros del Sindicato Libre, a empresarios y a políticos, incluso al mismísimo y distinguido cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza, conocido promotor de actividades antiobreras y un “reaccionario de influencia”, en palabras de Pío Baroja. Pero también fundaron revistas, aportaron dinero para crear y sostener escuelas gratuitas, apoyaron y socorrieron a trabajadores en huelga, ayudaron a constituir la Librería Internacional de París ...

Los aguerridos componentes de Los Solidarios, que rondaban la veintena, no practicaron jamás el terrorismo político o la violencia estratégica ni pretendieron en ningún momento erigirse como la vanguardia de la clase obrera española. Fueron sencillamente trabajadores anarquistas que optaron por defenderse del terror blanco con uñas y dientes.


"Cosa orribile! Spaventosa!"

El anarquismo llegó a España un día de octubre de 1868, concretamente a Madrid y de la mano de un ingeniero italiano alto y barbudo llamado Giuseppe Fanelli, íntimo amigo de Mijail Bakunin.

Fanelli venía decidido a dar a conocer el programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), a las abultadas “masas de desheredados” que malvivían en la península ibérica. Así que se dirigió a un café de la capital donde se reunía un pequeño grupo de obreros, la mayoría tipógrafos de pequeñas imprentas. Uno de ellos se llamaba Anselmo Lorenzo y se convertiría más tarde en uno de los apóstoles del anarquismo en España. “Durante tres o cuatro noches –recuerda Anselmo Lorenzo- Fanelli nos expuso su doctrina. Nos habló en el transcurso de paseos y cafés. Nos dio también los estatutos de la Internacional, el programa de la Alianza de socialistas democráticos y algunos ejemplares de La Campana, con artículos y conferencias de Bakunin”. Fanelli, que tenía madera de orador además de mucha razón, dejó impresionado a su auditorio. Los que le escuchaban se estremecían cuando describía las miserables condiciones en que vivía la clase trabajadora al tiempo que exclamaba “¡Cosa orribile! ¡Spaventosa!”. Anselmo Lorenzo decía de Fanelli que “su voz tenía un tono metálico, y su expresión se adaptaba perfectamente a lo que decía. Cuando hablaba de los tiranos y explotadores su acento era iracundo y amenazante; cuando se refería a los sufrimientos de los oprimidos su tono expresaba alternativamente tristeza, dolor y aliento. Lo extraordinario del asunto es que no sabía hablar español; hablaba en francés, una lengua que algunos de nosotros sabíamos chapurrear al menos, o en italiano, en cuyo caso, dentro de lo posible, aprovechábamos las analogías que este idioma tiene con el nuestro. Sin embargo, sus pensamientos nos resultaban tan convincentes, que cuando terminaba de hablar nos sentíamos embargados de entusiasmo”.

Las ideas anarquistas representadas por el ala antiautoritaria de la Internacional calaron profundamente en los obreros de la ciudad y del campo, especialmente en el proletariado industrial catalán y en el campesinado andaluz, que las recibieron como “la semilla de un campo abonado”. El anarquismo consiguió canalizar las necesidades y las aspiraciones populares, arraigando hondamente en la gran masa de desheredados y proveyendo a los oprimidos de una práctica de liberación, una herramienta emancipatoria y un norte de libertad, justicia e igualdad. Una sociedad de individuos libres, sin Estado, sin clases, organizados de abajo a arriba, que no es poca cosa. Y la llave para conseguirlo: la revolución social.

“Ya en su primer congreso de 1870 –escribe el alemán Hans Magnus Enzensberger– el movimiento español se había declarado a favor de Bakunin y contra Marx, y dos años más tarde la Federación Anarquista reunió en su convención de Córdoba 45.000 miembros activos. Las insurrecciones campesinas de 1873, que se extendieron por toda Andalucía, estaban dirigidas sin duda por los anarquistas. España es el único país del mundo en el cual las teorías revolucionarias de Bakunin se convirtieron en un poder real. Los anarquistas mantuvieron hasta 1936 el control del movimiento obrero español; no sólo eran los más numerosos, sino también los más militantes”.

En 1910 se constituye la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) como un organismo que agrupa confederalmente a los sindicatos y sociedades obreras de todo el país. Su programa y su práctica consistirán en “dirigir la lucha abierta y permanente de los obreros asalariados contra el capital, hasta la victoria definitiva”. Su ascenso será imparable.


El terror empresarial

Al tiempo que los trabajadores se organizan, el Poder prepara su contraofensiva. Tan sólo un año después de su fundación, la CNT es ilegalizada con motivo de la convocatoria de la huelga general de 1911. En 1914 vuelve a ser legal y en 1917 secunda la gran huelga general impulsada desde la UGT, la cual, según muchos anarquistas, no era más que un ardid de los grandes jerifaltes socialdemócratas (Largo Cabllero, Besteiro, Anguiano y Saborit) para “entregar a la patronal ferroviaria, atados de pies y manos, a los obreros cuyas acciones habían escapado por un instante a su control”. Pero la huelga se les fue de la mano a sus orquestadores y propició el desencanto de buena parte de los trabajadores españoles por las tácticas reformistas y la creación de un ambiente revolucionario en todo el país. El sindicato de los anarquistas, la CNT, comenzó a crecer. Un año más tarde el 80% de los obreros de Cataluña estaba ya afiliado a organizaciones anarquistas.

En 1919 estalla la huelga de la Canadiense, la compañía eléctrica Luz y Fuerza del Ebro. Al faltar la electricidad la mayor parte de las fábricas tuvieron que cerrar también, salvándose sólo la de los patrones más carcas que se habían negado a sustituir el vapor. El Capitán General Milans del Bosch, hombre de instintos sanguinarios, declara la ley marcial, encarcela a los dirigentes sindicales y militariza a los huelguistas, esto es, que a todo obrero de La Canadiense en edad de reservista militar le ponen un brazalete rojo, le declaran soldado y le ordenan volver al trabajo. Los huelguistas militarizados se niegan a trabajar. Centenares de ellos van a parar a las cárceles militares de Montjuïc. La huelga se extiende por todo el país y las manifestaciones se suceden. Entonces la patronal de la compañía eléctrica cede y concede una proporción de tres a cuatro de lo que los obreros pedían. Pero la cosa no acaba ahí. Los huelguistas se negaron a reincorporarse al trabajo hasta no ver liberados a sus compañeros detenidos. Tras una negociación entre la CNT y el gobernador Marote, los huelguistas retornan al tajo y las puertas de Montjuïc se abren para los trabajadores encarcelados.

Un testigo de la época y militante anarcosindicalista, Joan Ferrer, narra la atmósfera que rezumaba Cataluña en aquellos días:

“Todo esto ocurría el verano del 19, quizá a finales de julio, acaso los primeros de agosto. En otoño la presión obrera, y por consiguiente la de la patronal, han adquirido grandes proporciones.
Las reclamaciones y las huelgas proliferan, ya que toda Catalunya se siente afectada por el deseo de mejora. Y la burguesía, que antes se defendía en grupos profesionales y locales, comienza a seguir la misma orientación que su enemigo el obrero y establece nexos patronales entre las profesiones y después de las diferentes poblaciones con la poderosa aglutinación de Barcelona.
Hasta entonces el presidente del Fomento del Trabajo había sido uno de los burgueses, Miró i Trepat. Pero al llegar el momento de la lucha descarnada, cambian de nombre, le ponen Federación Patronal de Catalunya, reúnen a la burguesía, y puede decirse que alquilan a un hombre de circunstancias para que se ponga al frente de ella: es Graupere.”

A partir de aquí, la burguesía bien organizada intensifica sus hostilidades contra los trabajadores. Tres presidentes se suceden en el gobierno español con más pena que gloria hasta que los empresarios catalanes aprovechan el momento para declarar el cierre patronal. Se repiten las detenciones masivas y se suspenden las garantías constitucionales.

El anarquista Alejandro Gilabert lo recuerda de la siguiente manera: “Fue en 1920, una época de terrible represión. El gobernador Martínez Anido y el jefe de policía, Arlegui, habían organizado una sistemática campaña de terror contra los anarquistas de Cataluña. Usaban todos los medios a su alcance. En colaboración con los empresarios de la región, trataron de organizar sindicatos amarillos obligatorios, los llamados “sindicatos libres”. Por supuesto, ningún obrero quería adherirse voluntariamente a esos sindicatos. Entonces los empresarios, con la ayuda de las autoridades, formaron ex profeso una banda armada, los llamados “Pistoleros”. Estas cuadrillas de asesinos se proponían liquidar a los trabajadores políticamente activos de Barcelona”.

Y efectivamente, así lo hicieron. En sólo tres años más de seiscientos anarquistas caen bajo las balas de los pistoleros del Libre, “personas perversas”, según Joan Ferrer, que incluso llegaron a obligar a punta de pistola a más de un cenetista a “a echar discursos diciendo que el Único era autoritario y el Libre una bendición”.

“Para crear el Sindicato Libre –afirma Ferrer–, Martínez Anido y Arlegui se valieron de un tal Salas, procedente del carlismo. Otro que estaba allí, llamado Carles Baldrich, fue uno de los asesinos del Noi del Sucre. Un tal Inocenci Facet tuvo también su participación en esta muerte. Había militado con nosotros, escrito artículos, hasta que se sospechó de su vinculación policíaca. Él lo supo y no volvió más, y pronto se le vio con los pistoleros del Libre”.

El Sindicato Libre estaba integrado por canallas de toda calaña: espías alemanes, delincuentes que hallaron cobijo en Barcelona tras la Primera Guerra Mundial y veteranos agentes de la policía. Uno de estos siniestros personajes fue Manuel Bravo Portillo, comisario de policía, destinado en la Ciutat desde 1909. Durante la Primera Guerra Mundial trabajó para el espionaje alemán y participó en la organización del asesinato del industrial Josep Albert Barret, que fabricaba material de guerra para los aliados. Fue denunciado, con pruebas concluyentes, por el sindicalista Ángel Pestaña desde las páginas de “Solidaridad Obrera” y fue procesado, condenado y destituido. Sin embargo, continuará largo tiempo a las órdenes del capitán general Milans del Bosch perpetrando atentados contra dirigentes de la CNT.

“Bravo Portillo se distinguió como represor de la clase trabajadora. Estuvo durante años mandando a los agentes barceloneses. Daba la cara, era cruel y en algunas huelgas hasta había pegado a mujeres, en público al frente de sus huestes. No daba cuartel. Prefería asesinar a nuestros compañeros que detenerlos. A uno de nuestros mejores militantes, Segura, lo mataron a tiros mientras intentaba huir por un tejado. A otro, llamado Tero, se le presentan de noche, le dicen que lo llevan a comisaría y aparece a la mañana siguiente en la cuneta de la carretera, cerca de Montcada, baleado sin piedad. Fueron muchos”, recuerda el anarquista Joan Ferrer.

Otro que tal bailaba era el barón de Koening, un chivato teutón, mitad espía mitad aventurero, contratado por el general Arlegui y el marqués de Foronda, director de la compañía de tranvías de Barcelona, político catalanista y amigo íntimo del rey Alfonso XIII. Su misión consistía en eliminar a los cabecillas del sindicato anarquista. Bravo Portillo le proporcionó, a él y a su banda de matones, carnets de policías para que pudieran operar con mayor facilidad. La conexión entre los poderes del Estado, la patronal catalana y los pistoleros del Sindicato Libre estaba cantada.

El 19 de julio de 1919 muere acribillado el cenetista Pablo Sabater, alias “El Tero”, presidente del Sindicato de Tintoreros de Barcelona. Dos meses después, Bravo Portillo es víctima de un atentado mortal. Cuenta Joan Ferrer que “cuando un mediodía se supo que le habían asesinado, en el cruce del paseo de Gràcia y Diagonal, y en la puerta de casa de una de sus queridas, la ciudad de Barcelona estuvo contenta. Nadie de los que vieron a nuestros compañeros los denunció. La policía sólo encontró en el suelo una gorra, nueva. Ningún sombrerero la reconoció”.

El inspector Espejo, otro sabueso del gobernador Martínez Anido, era bien conocido entre las filas cenetistas. Mataba a los detenidos después de torturarlos. “El sindicato estableció como objetivo básico su eliminación. Los compañeros le hicieron la parada en una especie de paseo anejo a la iglesia de Santa María de Mar. Espejo era tan venenoso que antes de expirar, allí en el suelo, sangrando, acusó como causante de su muerte al primer transeúnte que había acudido en su ayuda. Suerte que los otros testigos negaron aquella infamia. Los nuestros jamás fueron hallados”, asegura Ferrer.

El barón de Koening y los suyos también salieron mal parados. “Pusimos tanto empeño en anularlo –dice Ferrer- que al final, viendo diezmados a sus hombres, huyó. La gota que hizo verter el vaso fue el atentado de la calle Este, en el curso del cual fueron muertos el lugarteniente del barón, conocido por el Mallorquín, y otro pistolero que lo acompañaba. Esto movió un proceso muy escandaloso. Koening se largó.”

Aun así, la patronal contaba con otros terroristas, uno de los cuales lanzó una bomba en el “Pompeya”, un café atestado de trabajadores. En dieciséis meses caen asesinadas 230 personas. La matanza de obreros no cesa y, en 1921, el presidente Eduardo Dato es eliminado en respuesta por los atentados contra los trabajadores anarquistas.

El 10 de marzo de 1923, los pistoleros de la patronal matan a Salvador Seguí, conocido como el Noi del Sucre , “el coloso del anarcosindicalismo”, un trabajo que les valdrá a sus autores veinticinco mil pesetas. La respuesta obrera no se hará esperar.

El 23 de febrero de 1923 Juan García Oliver, en una reunión realizada en el bar La Tranquilidad con los delegados de varios grupos de afinidad anarquistas, expuso su táctica de la “gimnasia revolucionaria”, que fue aprobada con el nombramiento de un comité de coordinación constituido por Aurelio Fernández y Ricardo Sanz. Se constituye así el grupo Los Solidarios, del que formarán parte Francisco Ascaso, camarero; Ramona Berni, tejedora; Eusebio Brau, herrero; Manuel Campos, carpintero; Buenaventura Durruti, mecánico y ajustador; Aurelio Fernández, mecánico; Juan García Oliver, camarero; Miguel García Vicancos, obrero portuario, pintor y chófer; Gregorio Jover, carpintero; Julia López Mainar, cocinera; Alfonso Miguel, ebanista; Pepita Not, cocinera; Antonio Ortiz, carpintero; Ricardo Sanz, obrero textil; Gregorio Suberviela, maquinista; María Luisa Tejedor, modista; Manuel Torres Escarpín, panadero, y Antonio El Toto, jornalero.


Colette Durruti (hermana de Buenaventura), Joaquina Dorado, Liberto Sarrau,
Emilienne Morin (compañera de Durruti),
Rosa Durruti (hermana de Buenaventura) y Ricardo Sanz

Nunca sabremos a ciencia cierta qué acciones llevaron a cabo Los Solidarios, pues los testimonios son confusos y las atribuciones de los atentados nunca fueron explícitas. El caso es que numerosos peces gordos y responsables de la represión obrera comenzaron a expirar, uno tras otro, de manera violenta.

Uno de los primeros en sufrir el ímpetu justiciero de Los Solidarios serán los verdugos del Noi del Sucre. Ascaso, García Oliver y otros compañeros parten hacia Manresa, donde se enconde Languía, principal sospechoso del asesinato de Seguí, junto con tres escoltas. Allí se encuentran a los cuatro del Libre en el bar La giralda jugando a las cartas. Se entabla un tiroteo y se desploman heridos los acompañantes de Languía, que sale ileso.

Los Solidarios se dan el piro y salen en busca de Martínez Anido, uno de los principales artífices del terrorismo antiobrero e impulsor de la eufemística ley de fugas, que se encuentra en San Sebastián. Ascaso, Torres Escarpín y Aurelio Fernández llegan a Donostia pero no logran dar con él. Siguen sus pasos hasta La Coruña y allí son detenidos acusados de traficantes de drogas. La acusación era falsa y finalmente fueron puestos en libertad. Tras fracasar con Anido, deciden intentarlo con otra emérita autoridad, y en esta ocasión no errarán. Lo cuenta V. de Rol: “En León fue ejecutado el ex gobernador de Bilbao, González Regueral. Como era habitual, la policía buscó a los culpables en las filas del grupo Los Solidarios. La sospecha cayó primero sobre Durruti. Sin embargo, éste pudo demostrar que durante el día en cuestión se encontraba en Bruselas para pedir la extensión de un pasaporte. A continuación fue acusado Ascaso, pero también él tenía una coartada: el día del atentado se hallaba preso en La Coruña. Por último a la policía se le ocurrió acusar a los anarquistas Suberviela y Arrarte. Éstos se ocultaron en Barcelona.”

Poco después de la brusca desaparición de Regueral, Buenaventura Durruti es detenido mientras viajaba en tren de Barcelona a Madrid. La declaración de prensa de la policía, que apareció al día siguiente en los periódicos, daba como motivo de su arresto la sospecha de que Buenaventura se dirigía a Madrid para preparar el asalto a un banco. Además había en San Sebastián una orden de detención contra él, por un robo a mano armada contra las oficinas de la firma Medizábal Hnos. Ricardo Sanz, uno de Los Solidarios, recuerda que “el mismo día viajó a San Sebastián un miembro del grupo, para visitar a los señores Mendizábal e insinuarles que no se metieran con Durruti. Cuando la policía lo condujo a San Sebastián y dispuso la confrontación, los señores ya no se acordaban más de él. El juez tuvo que ponerlo en libertad”.

Precisamente la víspera, la opulenta vida del cardenal Soldevila había sufrido un duro varapalo después de haber ido a visitar a unas monjas; el prelado zaragozano apareció muerto en un lugar llamado El Tempranillo. Soldevila había seguido la misma política de represión que Anido pero en la capital maña, “financiando, con los ingresos de una sociedad anónima propietaria de hoteles y casinos, los sindicatos libres amarillos y su centro de asesinos en Barcelona”, según Alejandro Gilabert y Heinz Rüdiger. Los anarquistas nunca se lo perdonaron. La ejecución del cardenal tuvo el honor de ser novelada por Pío Baroja en su obra El cabo de las tormentas:

«El cardenal-arzobispo de Zaragoza era un reaccionario de influencia. La ejercía no sólo en su sede sino en Barcelona y recomendaba a las autoridades de allí medidas fuertes y duras contra los obreros y los agitadores. Los anarquistas sabían que el arzobispo conferenciaba en Reus con los jefes de la Patronal de Barcelona y daba consejos para atacar a la organización sindicalista obrera. La banda marchó a Zaragoza; se entendieron los directores con una vieja anarquista catalana que vivía allí hacía algún tiempo, la ciudadana Teresa, y entre todos prepararon una emboscada y mataron al arzobispo una tarde que iba a una posesión suya llamada «El Terminillo». El arzobispo fue muerto en el auto cuando entraba en su finca, donde había establecido una escuela dirigida por monjas. Los anarquistas le hicieron veinte disparos. El arzobispo cayó muerto y quedaron heridos sus familiares y el chofer.»

Pese a que tenía coartada, el joven Ascaso es detenido y encarcelado junto a otros compañeros. Durruti, Escarpín y demás Solidarios se dirigen a Gijón donde preparan un atraco para auxiliar a los presos. El atraco se lleva a cabo el 1 de septiembre de 1923 en el Banco de España de Gijón y el botín, según la prensa de la época, fue de 573.000 pesetas. Dos días después, la Guardia Civil descubre la casa donde se esconden Los Solidarios, matan a Brau, detienen a Escartin y Durruti y Suberviela puden huir.

Ricardo Sanz narra lo ocurrido: “A finales de agosto de 1923 se reunieron en Asturias la mayoría de los miembros del grupo Los Solidarios. El primero de septiembre fue asaltada en Gijón la filial del Banco de España. No hubo víctimas; pero unos días después la Guardia Civil localizó en Oviedo a algunos compañeros que habían participado en el golpe. Se produjo un tiroteo y en él perdió la vida Eusebio Brau. Fue el primer miembro del grupo que moría bajo las balas de la policía. Además fue arrestado Torres Escartín, a quien la policía acusó de ser el responsable del atentado contra el cardenal Soldevila. Escartín fue torturado por la policía. Participó en un intento de evasión de la cárcel de Oviedo, pero la Guardia Civil lo había maltratado tanto durante los interrogatorios que no tuvo fuerzas para huir. El cadáver de Eusebio nunca fue identificado por la policía. Su madre, que ya tenía más de cincuenta años y era viuda, vivía en Barcelona. Para proveer a su mantenimiento, el grupo arrendó para ella un puesto en el mercado de Pueblo Nuevo, el barrio de donde ella era originaria.”

Justo en Pueblo Nuevo, Los Solidarios habían adquirido una fundición por 300.000 pesetas. En dicha fundición fundía el grupo sus propios cascos para granadas de mano. El fundidor Eusebio Brau se encargó de este trabajo para el grupo. En el barrio de Pueblo Seco, también en Barcelona, Los Solidarios tenían un depósito de armas que contenía más de 6.000 granadas de mano cuando fue descubierto por la policía debido a una delación. Además había, distribuidos por toda la ciudad, una serie de depósitos de armas de fuego portátiles y fusiles, casi todos comprados en Francia y en Bélgica. Éstos entraban en España de contrabando, generalmente por la frontera francesa, por Puigcerdà y Font-Romeu, donde el grupo tenía sus intermediarios. Otros suministros llegaban por vía marítima.
Pero volvamos con el joven Ascaso, que se encontraba encarcelado en Zaragoza acusado de participar en el atentado contra el cardenal Soldevila. Los Solidarios temieron por la vida del reo Ascaso, ya que mientras éste estaba en prisión, Miguel Primo de Rivera, toma el poder, el cual ya había ordenado ahorcar a dos anarquistas. Pero el 9 de noviembre Ascaso y otros seis presos políticos se fugan de la cárcel ayudados por un grupo de libertarios aragoneses. Manuel Buenacasa, secretario general de la CNT, le recomienda que se exilie a Francia, pero él insiste en ir primero a Barcelona. Allí se reúne con el resto del grupo que acuerda que él y Durruti partan hacia París para montar un Centro revolucionario con fines insurreccionalistas. Una vez en la capital francesa,y a los pocos días, en una reunión a la que asisten anarquistas de prestigio Sebastián Faure, Valeriano Orobón Fernández y V.Gozzoli, fundan una revista trilingüe (francés, castellano e italiano) y una Editorial Internacional libertaria, de la cual nacerá "La enciclopedia Anarquista". A finales de 1924, acosados por la policía francesa, Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso parten hacia América.

Mientras, en España, el dictador de Primo de Rivera agudiza la represión, ilegaliza la CNT y ordena fichar a todos los militantes anarquistas. El balance en 1928 no podría ser más trágico: tres muertos en la lucha; siete en prisiones españolas y tres presos en Francia. Con la República, los Solidarios se ven obligados a cambiar de nombre, y se autodenominan “Nosotros”.

A las puertas de la revolución social de 1936, el grupo Nosotros continuará, teniendo aún mucho que decir...