jueves, 26 de abril de 2018

El Paraíso de las mentiras, por Pedro Ibarra



Todos los seres humanos que peinan blancas canas recuerdan su niñez y a sus dulces abuelos como intentaban de cultivarnos con sabias y profundas palabras, que llenas de certeras verdades trataban de modelar nuestras mentes y convertirnos en hombres y mujeres (máxima aspiración de la época).

El peor de todos los defectos humanos era, sin duda, la mentira, y el mentir enrojecía sus arrugadas caras al tenerlas que descubrirlas en nosotros. Despreciaban al mentiros@ y lo consideraban el más insignificante de todos los seres humanos, un ser despreciable , cobarde e indigno de vestirse por los pies. Defecto pues imposible de convivir con él en aquella época; teniendo que formarse un@ con esa espada suspendida del cielo, a la espera de caer.

El insistente viento arrancó las fragiles hojas del serio calandario y los años desfilaron sin desmayo llegando a nuestro presente deslumbrante y estridente. Aparecieron millares de niños que para sus desgracias no tuvieron aquellos dulces abuelos, guardianes de las verdades y urgadores de limpiezas.
De la noche a la mañana la mentira se extendió por valles, poblaciones y montañas, adueñadose de cada uno de los mortales y haciendo de la cruel mentira una poderosa droga capaz de esclavizar a todo ser viviente y haciendo de ella un imprescindible alimento que sin él no es posible la vida.

El mentir es ya como el estornudar o el respirar, que nadie escapa sin el. Siendo la mentira una adicción sin la cual es imposible el existir; arrojándola unos a otros en la cara con la mayor de las indiferencias rutinarias.Y tanto ha sido, y es, su uso, que dicha desgracia ha tomado carta de decencia y naturalidad, e incluso será, a no tardar, merecedora de sendas condecoraciones honorificas otorgadas por las limpias autoridades.

Puestas sobre una balanza verdad o mentira, se balancean en sus platillos y siendo la mentira mucho más poderosa se posa sobre la superficie del suelo para ser mucho más asequible, y la verdad vuela efimeramente por los cielos sin poderse posar ni usar por nadie, extendiéndose su desuso y abandono.
Fueron nuestras pequeñas mentiras infantiles un aprendizaje que en parte nos preparó para nuestra adolescencia, la cual perfeccionó su aplicación. No obstante, padres y abuelos eran grandes vigilantes y atentos correctores que nos advertian de muy posibles cachetes u otros castigos severos. Todo ello para que fuésemos personas dignas, educadas y humanas con nuestros semejantes. Conceptos estos que hoy suenan arcaicos y trogoditas, provocando el bostezo y el hastío, pero en aquel tiempo era normalísimo su uso. Pues al carecer de mentiras, las personas, facilitaba entre ellas una gran confianza para poder convivir y relacionarse.

Siempre será el poderoso entorno el que, para bien o para mal, forme nuestros procederes sociales. Él es el que puede modular nuestro comportamiento, haciendo excelentes personas si el cincel que modela nuestro ser es considerado, justo y humano. Escuelas, Talleres, Fábricas y Hogares son grandes alfarerías cinceladoras de seres que pueden producir bellas obras humanas, pero tambien espantosas. Todo depende de la buena voluntad por querer ser mejor…

El tener que vivir asilvestrado y careciendo de todo sentimiento, que tanto adorna el ser humano, no permite el vivir amando y respetando a sus semejantes y al entorno natural, que tanto nos rodea.
Decía mi abuelo: “Una bella casa, de nobles piedras, no se puede construir de piedras falsas, porque se caerá.
 
Artículo de Pedro Ibarra
Revista cultural de Ideas Ácratas "ORTO", nº 188