sábado, 10 de agosto de 2019

La ciencia demuestra la terrible crueldad detrás de todo espectáculo taurino



Mientras el Tribunal Constitucional tumba la ley que impedía la muerte del toro en las plazas de Baleares, la ciencia demuestra con datos empíricos la terrible crueldad que se esconde detrás de todo espectáculo taurino. 

Informes científicos revelan que los toros sufren desorientación, estrés y miedo cuando salen a una plaza o son forzados a tomar parte en espectáculos como los correbous, según revela Avatma (Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia y del Maltrato Animal). 
Ensayos clínicos confirman que los animales, al igual que las personas, sufren alteraciones metabólicas en su organismo ante situaciones de extremo peligro. Así, se han detectado incrementos estadísticamente significativos de cortisol (marcador de la reacción del estrés), además de aumentos, en mayor o menor medida, de otros 13 parámetros plasmáticos. “La conclusión del estudio es que los bovinos de lidia requieren grandes ajustes internos cuando se enfrentan a cualquier tipo de manipulación, por simple que esta sea”, según Avatma.

Las alteraciones no solo se pueden detectar a nivel muscular, también en la oxigenación del toro y a nivel emocional. En el caso de la especie bovina las manifestaciones externas de dolor o de sufrimiento no suelen ser fáciles de reconocer a simple vista, lo que ha sido aprovechado por los taurinos para propagar la idea de que el toro no sufre porque genéticamente es bravo y siempre ataca porque está hecho para morir en una plaza. Nada más lejos de la realidad. En libertad los toros pueden ser presas de otros animales, de modo que está en su naturaleza ocultar sus reacciones para no manifestar debilidad ante potenciales depredadores. “Sin embargo, se pueden detectar en los animales que participan en festejos taurinos claros signos de desorientación y constantes manifestaciones de estrés, ansiedad, miedo y angustia que describiremos más adelante”, aseguran los expertos de Avatma.

Pero además de las reacciones de terror de cualquier ser ante la posibilidad de perder la vida también se han detectado alteraciones psíquicas. ¿Qué ocurriría si seres superiores y malvados lanzaran a seres humanos indefensos a recintos cerrados para su diversión y disfrute? El pánico sería tan atroz que se volverían locos. Algo similar ocurre con los toros, ya que los veterinarios han detectado alteraciones neurológicas irreversibles que podrían catalogarse como enfermedades mentales en los humanos por el insoportable estrés emocional que llegan a sufrir. 




“Los bovinos son animales gregarios que necesitan estar al amparo de su grupo para sentirse seguros y, por tanto, padecen un gran estrés y una intensa sensación de miedo por el simple hecho de sacarlos de su ambiente natural y separarlos de sus compañeros de manada, o cuando se encuentran en una situación de indefensión que no tienen capacidad de resolver”, añaden los expertos. Además, la visión del toro es escasa, de manera que los objetos que se mueven bruscamente ante ellos son los que más miedo le provocan, ya que en la vida salvaje los depredadores aparecen de manera brusca y repentina.

Todas estas reacciones las puede observar por sí mismo todo aquel que asiste a una corrida de toros. Muchos animales muestran incomprensión por lo que les está sucediendo, desorientación y manifestaciones de estrés, ansiedad, miedo y angustia, tales como respiración acelerada, embestidas constantes (es su forma de luchar contra el estímulo agresivo) sacudidas violentas del rabo, acción de escarbar en el suelo, apertura desmesurada del globo ocular mostrando la esclerótica, resistencia a moverse o comportamientos de escape, huida o evasión.

En general, según los estudios científicos, se ha comprobado que los astados van perdiendo visión y capacidad sensorial a medida que son toreados y picados (hasta quedar casi ciegos). Además, aquellos animales que participan en varios espectáculos taurinos sufren doblemente cada vez que son obligados a pasar por el mismo trauma.

Pero los toros no solo sufren psíquicamente, también físicamente. Se les martiriza con bruscos ejercicios para los que no están preparados (los bóvidos son herbívoros que se pasan una gran parte del día alimentándose, rumiando y descansando). Los estudios veterinarios determinan dos causas principales del sufrimiento físico: la acidosis metabólica (una bajada del pH en la sangre y tejidos por debajo de 6,5, provocada por el ejercicio en forma de carreras, embestidas y giros) y las lesiones musculares. De ahí la espiración acelerada, la hiperventilación, el movimiento abdominal trabajoso, la boca abierta, la lengua fuera, la disnea, alteraciones cardiacas, alteraciones metabólicas y obnubilación.

Las lesiones musculares más frecuentes son “alteraciones mitocondriales, pérdida del contorno poligonal de fibras, centralización de núcleos, procesos de necrosis (muerte celular), fragmentación fibrilar y vacuolización del sarcoplasma causada por hipoxia celular, fibrosis, miopatías con atrofia e impotencia funcional de los músculos, y degeneración y rotura de fibras”.

Y finalmente llegan las heridas más graves: el toro es lanceado, banderilleado y muerto a espadazos (cuando no por descabello). Llegados a ese punto no hay que ser veterinario ni experto científico para entender que cualquier animal sufre heridas de un dolor insoportable hasta que llega el momento de la muerte. Dislocaciones y fracturas cervicales, golpes, politraumatismos, contusiones, hemorragias internas, destrucción general de órganos vitales y en general una agonía que nadie con un mínimo de sensibilidad y de humanidad debería considerar como una diversión o “un arte”.

Los veterinarios llegan a la conclusión de que el “reconocimiento empírico de que los animales pueden experimentar sensaciones de dolor, angustia y sufrimiento implica definir como moralmente injustificable cualquier daño intencionado que se les cause”.